Historias reales

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Lo que tenemos que soportar cuando caemos enfermos.

 

Historias reales .Mi nombre es Emilio y tengo 63 años. Lo que voy a contar espero que le sirva de referencia tanto a quien administra los protocolos de la Sanidad Pública, a los profesionales de la salud que aunque sean muy buenos médicos son muy malos psicólogos y a personas que están padeciendo lo mismo que yo los cuales, sin duda se se1ntirán identificados con la situación.

Mi historia comienza hace 14 meses. Un buen día por la mañana comienzo a sentir dolor en las costillas. Siempre he sido un hombre de creer en la medicina tradicional y por lo tanto acudí a ella al comenzar mis primeros síntomas. Mi médico de familia, el cual estaba literalmente “abarrotado” de pacientes en la sala de espera, me recibió y preguntó, sin moverse de su silla: qué era lo que sucedía. Le conté lo que estaba sintiendo: dolor que comenzaba en el esternón y daba la vuelta por mis costillas hasta alcanzar la espalda. Además de encontrarme débil y sin demasiadas ganas de comer.

Me hizo algunas preguntas de rutina, tales como si me había dado un golpe, si había tenido tos, si había tenido fiebre. A todas ellas contesté con un NO. Entonces y sin hacerme exploración alguna – lo cual no me extraña pensando en todos los pacientes que aquel hombre tenía aún por ver acumulándose en la sala de espera- me dijo que probablemente se tratara de una artrosis que me estaba afectando a las costillas. Estaba con bastantes kilos de más (98 Kg) y él sabía que yo había trabajado en una cadena de montaje y ello había requerido intensos esfuerzos físicos durante años. Sin duda, valoró esto y pensó que podría muy bien ser la consecuencia de aquel tipo de trabajo laboral y de mi corpulencia física. Me recetó antiinflamatorios y me dijo que volviera a verle a los 15 días. Rigurosamente hice lo que él me había indicado, pero aquellos síntomas no desaparecían. Es cierto que cuando los tomaba, el dolor disminuía su intensidad durante unas 4 horas; pero después reaparecía incluso con una mayor intensidad.

Volví a su consulta en la fecha fijada y de nuevo encontré su consulta con una cantidad de gente que más pareciera que aquello era la oficina de desempleados que la sala de espera de un médico. Es decir que aquel hombre tenía que ver, valorar, diagnosticar y recetar a todos aquellos pacientes en un tiempo record. Como yo no había sido un hombre enfermizo, desconocía todos los procedimientos y abusos que hace la Seguridad Social pública, tanto con los médicos como con los pacientes. Al entrar en esa rueda, me fui enterando de que en algunos casos a los médicos se les obliga a visitar un número de pacientes mínimo –que quien les manda, estipula bajo su criterio de oficina- en 3 ó 4 horas. Consecuencia: Médicos inconformes que reconocen no tener el suficiente tiempo para hacer su trabajo bien y pacientes mal valorados.

Cuando me tocó mi turno y entré, me preguntó por mi estado, si el dolor había remitido y ya me encontraba mejor. Le dije que no solo no me encontraba mejor sino que además había comenzado a sentir molestias en el estómago y dolor de cabeza. Me dijo que haríamos unos análisis y que continuara con los antiinflamatorios más un protector gástrico que me iba a recetar. Nos volveríamos a ver cuando ya tuviera los resultados. Al salir de su consulta debía pedir en la recepción de aquel centro una fecha para realizar el análisis.

Otra vez una cola de gente de mucho cuidado; todos estábamos allí para solicitar diferentes consultas y pruebas. Después de más de 40 minutos me atendieron y cuando vi la fecha que me habían fijado pensé: “espero no tener nada grave porque de lo contrario lo tengo crudo”. Me había dado fecha para dentro de 30 días. Hay que decir que a ello se le deben añadir al menos otros 10 días más, hasta que las pruebas se hayan completado y el médico recibe los análisis. En definitiva, me quedaba así hasta dentro de 40 días más.

Los días iban pasando y yo cada vez me sentía peor. El dolor había aumentado y los antiinflamatorios ya no me hacían nada, ni siquiera disminuirlo. Pase de tener pocas ganas de comer y tener que hacerlo por pura obligación. Me di cuenta que estaba bajando de peso lentamente porque el cinturón de mi pantalón cada vez tenía que ponerlo en un agujero menor. También me percaté de que cuando hacía deposiciones, éstas parecía que tenían aceite mezclado con ellas. La vedad es que estaba ya bastante preocupado y ansioso porque llegara el día de la consulta. Por fin llegó. Cuando me vio entrar en su consulta, por su expresión tuve la certeza de que mi aspecto le preocupaba. Le relaté como sentía y todos los síntomas que además de los anteriores, se habían ido añadiendo. Me dijo que en los resultados del análisis se mostraba que mis niveles de glucosa y de hemoglobina glucosilada, estaban muy alterados. Tenía que ponerme un tratamiento para intentar reducirlos. Por lo tanto había que hacer dieta severa –me la dio escrita en un folio-, caminar todos los días y bajar de peso. Además iba a enviarme a un especialista en endocrinología.

Como expresar lo que sentí: Me aconsejaba bajar de peso; pero si esto ya estaba bajando sin yo proponérmelo. Me decía que tenía que llevar una dieta severa; pero si no tenía ganas de comer. Me pedía que caminara todos los días, al menos 1 hora; pero si estaba cada día más débil. Me dejaba un tratamiento que no me había mejorado en nada, me ponía otras pastillas para la diabetes y ahora, me remitía a un especialista. No entendía nada.

Tenía que volver a aquel mostrador de recepción a pedir cita con el especialista. Me pidieron mi teléfono diciéndome que me llamarían para darme día y hora en el Hospital General. Ciertamente me llamaron a los dos días para decirme que podía acudir a esa consulta 6 meses más tarde a los 12.00. Me quedé petrificado, realmente me estaban diciendo que tenía que esperar en mis condiciones físicas, 6 meses para que otro médico me escuchara.

Yo estaba ya jubilado desde hacía 3 años debido a restricciones laborales en la empresa donde trabajaba. Por lo tanto mis ingresos mensuales eran escasos como para pensar en acudir a médicos privados. Toda mi vida había cotizado a la Seguridad Social ya que comencé a trabajar desde que tenía 18 años. Sin embargo eso no contaba para nada, no me quedaban muchas opciones: o me aguantaba y seguía degenerándome o intentaba que otros me ayudaran. Conseguí una cita con un endocrino particular en pocos días y por supuesto acudí esperanzado y ansioso por resolver el problema. En este caso no había colas de gente, el trato con la enfermera era de lo más cordial y amable. La sala de espera estaba limpia, había revistas para entretenerte mientras esperabas y los asientos eran muy cómodos.

Cuando entré en su despacho el médico se levantó y me estrechó la mano. Comencé a explicarle desde el principio, cuando me habían comenzado los síntomas, como me sentía, lo que el médico de familia me había recetado y su posible diagnóstico. El doctor me escucho con suma atención y me solicitó el análisis que me habían realizado; a lo cual tuve que responderle que se lo habían quedado allí y yo no tenía copia alguna de él. Me pidió que me tumbara en una camilla y me abriera de camisa. Me exploro, tomo la tensión, auscultó, me miró los lagrimales de mis ojos, palpó el cuello, me peso y me hizo una prueba de glucosa con una tira reactiva. El azúcar en ese momento estaba en 325. Me realizó un buen número de preguntas de todo tipo, alimentación, otras enfermedades anteriores, costumbres, trabajos y antecedentes familiares.

Después de todo esto me dijo que precisaba hacer un hemograma completo y una ecografía abdominal. Le pregunté cuánto dinero me iban a costar esas pruebas y él me dijo que aproximadamente serían unos 300 €. Yo sabía que aquello me iba a costar tener problemas económicos al menos durante 2 meses, pero merecía la pena si por fin encontraba una solución. hr3Por lo tanto así lo hice y en 15 días el médico tenía en su mesa los resultados de ambas pruebas. Yo ya llevaba casi 3 meses padeciendo y cada vez me sentía peor. Me dijo que en la ecografía se mostraba una sombra que había que saber de qué se trataba. En los análisis de sangre, las defensas del organismo habían disminuido y los niveles de glucosa estaban muy altos, por cual recomendaba realizar otra serie de pruebas más específicas y por supuesto con unos precios para mí imposibles de pagar de una pensión. Consecuencia: Volvía a estar en manos del Estado.

Cuando el médico de familia volvió a verme 1 mes más tarde, solicitó con urgencia que el especialista me recibiera. Debo decir que esto aceleró bastante la burocracia y 1 mes más tarde por fin pude lograr que me viera. Comenzó por solicitar un TAC, una ecografía y otros análisis de sangre. Tenía que volver cuando los resultados estuvieran. Solo les puedo decir que para hacerlas tardé otros 2 meses más.

Cada día estaba más débil. Desde el principio de mi enfermedad había perdido ya 18 kilos. Tenía intensos dolores que solo se aliviaban cuando me inclinaba hacia delante y no siempre. Me habían cambiado los analgésicos pero éstos no me hacían gran cosa. Por las noches, atacaba el dolor de firme y no podía conciliar el sueño. Solo quería estar en la cama sin ruido ni luz. Yo vivía solo desde que mi esposa falleciera de cáncer hacía 15 años. Mis hijos, ya mayores no vivían en la ciudad donde yo resido y cuando hablábamos por teléfono yo no quería preocuparles contándoles mis problemas. Así pues, estaba llevando aquella situación como Dios me ayudaba.

Cuando por fin los resultados llegaron yo estaba muy deteriorado. Había perdido ya 27 kilos. Me senté delante del especialista y este sin más preámbulos me espetó: Es muy posible que usted tenga cáncer de páncreas. Por supuesto, tenemos que asegurarnos realizando una biopsia. Ustedes no se imaginan el jarro de agua helada que sentí como me caía encima. No podía ser cierto lo que aquel hombre me estaba contando con semejante frialdad. Cuando por fin me repuse, le pregunté que si realmente tenía cáncer de páncreas ¿cuánto me quedaba de vida?. Utilizando el mismo tono de voz me contestó que no sobrepasaría los 3 meses. Añadió que aunque resultara duro lo que me estaba diciendo, él era partidario de decirlo al paciente porque pensaba que tenía derecho a saberlo. Ciertamente es así; sin embargo creo que hay otras maneras de dar semejante noticia. Pienso realmente que una de las asignaturas pendientes de los médicos es la psicología. Yo no lo hice, creo firmemente en Dios y de echo estoy aún aquí; pero quizás otras personas tomaran la decisión de suicidarse para no pasar por el infierno que supone tener un cáncer y más de páncreas.

Por otra parte, entiendo que quizás si se me hubiera detectado antes; sí en lugar de hacerme esperar tanto tiempo para realizarme pruebas que ahora soy consciente de que se pueden tener en 48 horas, esto no estaría pasando. Me hubieran dado más oportunidades de vivir.

Tenemos una ingente cantidad de médicos, enfermeras y especialistas que están sin trabajo. Grandes edificios que están cerrados, cayéndose por falta de mantenimiento y uso que podrían ser aprovechados para atender a personas que durante toda su vida han aportado parte de su trabajo, esfuerzo y dinero a este país que ahora los olvida utilizando una burocracia interminable.

Ahora sé con certeza que tengo un carcinoma de páncreas y no se puede hacer nada, tan solo esperar la muerte.

Emilio.